✍️ Eugenio Hernández Sasso
Las preguntas no son nuevas, son incómodas, eso sí. ¿De qué están hechos los políticos mexicanos? ¿En qué momento se les sube el cargo a la cabeza? ¿Por qué creen que el pueblo vino al mundo a obedecerles y a aplaudirles hasta cuando se equivocan? y, sobre todo, ¿por qué gobiernan como si el presupuesto fuera herencia familiar y no dinero público?
En campaña son otra especie. Se vuelven de piel gruesa para el calor, de estómago valiente para el pozol con agua cruda de pozo y de nariz paciente para soportar el hedor del sudor.
En este momento ya empieza a inundar las comunidades, en todas partes de los municipios y distritos donde habrá selección en 2027, un ejército de aspirantes a diferentes cargos de elección popular.
Ellos abrazan a quien se deje, besan niños, cargan bebés, escuchan historias largas y prometen soluciones rápidas.
En este momento, si hay que jurar que el agua llegará mañana, se jura; si hay que asegurar que el hospital estará listo “en seis meses”, se asegura. Total, la esperanza no cuesta al que promete.
Luego vendrán las precampañas, campañas, pasará la elección de 2027 y ocurrirá la metamorfosis de toda la vida.
Donde antes había cercanía, habrá vallas; donde había sonrisas, habrá regaños; donde había oídos, habrá agendas saturadas; donde había accesibilidad habrá puertas cerradas, autos blindados y muchos guaruras.
El ciudadano, que en campaña era “jefe”, regresará a ser “trámite”, y el político que se vendía como “servidor”, descubrirá su vocación de patrón y, así, sin anestesia, le aplicará una dosis de arrogancia al tonto del pueblo.
La escena se repite como serie de temporada infinita. Cada vez que se acercan las elecciones se observan calles llenas, desayunaderos a reventar, auditorios con porra organizada y discursos que parecen textos duplicados.
En la víspera de comicios se habla de bienestar, de justicia, de transformación, palabras grandes para resultados muchas veces chiquitos o inexistentes.
Mientras tanto, el menú no cambia, segue siendo atole con el dedo, versión premium, servido en vaso reciclable de promesa.
Nadie ignora que el cargo no sólo trae poder, también trae tentaciones y, más de uno, en lugar de resistirse, abre la puerta para encajarle las uñas al dinero ajeno.
El presupuesto se vuelve plastilina y se moldea de acuerdo a las ambiciones de quienes ocupan los cargos, las obras se convierten en prioridad de quien decide —no de quien necesita— y la transparencia simplemente es una presentación visual con letras bonitas.
Cuando alguien reclama, aparece el clásico: “no hay recursos”, “es un tema heredado”, “estamos trabajando en ello”, lo cual se traduce en un vuelva mañana.
Lo más curioso es la amnesia selectiva; los políticos, en su mayoría, se olvidan de quién los puso ahí, de quién paga la nómina, de quién aguanta el bache, la falta de agua, la clínica sin medicinas y la inseguridad.
Es más, se olvidan hasta de la familia y los amigos, pero no del siguiente cargo, porque aquí la carrera es de relevos y ni siquiera esperan terminar un puesto para estár pensando en el otro.
Brincar de partido en partido es una práctica muy conveniente, y cambiar de discurso sin despeinarse es un hecho porque la única ideología es la de permanecer aferrado a la ubre presupuestal. La chaqueta, dicen, combina con todo.
Lo peor viene cuando la gente levanta la voz porque el agua no llega, porque la luz falla, porque la inseguridad aprieta, pues algunos gobernantes responden con regaño, como si exigir fuera falta de respeto, como si pedir cuentas fuera pecado o como si el ciudadano debiera agradecer el favor de ser mal atendido.
El detalle es que no son favores, son obligaciones. No es dinero de ellos, es dinero de todos. No son jefes, son empleados y el contrato dura tres o seis años. Lo demás es fantasía con cargo al erario.
Sin embargo, el problema no es sólo de ellos, también es del ciudadano por aplaudir de más y exigir de menos, por normalizar lo inaceptable y por cambiar el voto por una promesa o una dádiva con fecha de caducidad.
La pregunta final no es si van a cambiar ellos, es si va a cambiar la ciudadanía, porque el día que el “pueblo sabio” deje de ser paciente y empiece a ser exigente, el atole se les va a agriar y, entonces sí, a ver quién se atreve a servirlo otra vez.
Sassón
Mientras el ciclo se repita, el guión seguirá siendo una campaña de abrazos y un gobierno de excusas.

