✍️ Eugenio Hernández Sasso
En México hay políticos que terminan en la cárcel, otros en el exilio y unos más directamente se evaporan, como si la tierra se los tragara, los desintegraran peroles de ácido o permanecieran escondidos en fosas clandestinas.
Rubén Rocha Moya, curiosamente otro Rocha metido en un escándalo nacional -el primero fue Manuel Muñoz Rocha hace 30 años- empieza a oler peligrosamente a expediente perdido, carpeta sellada y desaparición conveniente.
Desde que pidió licencia al gobierno de Sinaloa, el hombre prácticamente se volvió fantasma. La última vez que se supo algo de él fue el día que supuestamente voló en aeronave oficial del Ejército a Palenque, pero de ahí nadie sabe nada.
A Rocha Moya nadie lo ha visto, nadie da razón clara de su paradero y, después del ataque armado contra una de las casas donde presuntamente vivía, la sospecha ya no parece teoría conspiranoica de cantina, sino posibilidad política con características bastante mexicanas.
Aquí es donde empieza el olor a viejo PRI reciclado con pintura guinda, porque si algo ha demostrado la historia política nacional es que cuando un personaje sabe demasiado, de pronto le da por desaparecer.
El caso más parecido viene desde el salinismo, cuando en 1994 Manuel Muñoz Rocha, aquel diputado priista señalado por el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, desapareció para siempre.
Otro Rocha. Otra sombra incómoda. Otro personaje que pidió licencia y nunca más volvió a aparecer. Actualmente tendría 78 años de edad, pero en 1999 fue declarado oficialmente desaparecido y, en 2009, prescribieron los delitos por los que se le buscaba.
Hasta la fecha nadie sabe si sigue vivo, muerto, enterrado o convertido en leyenda urbana. Es más, ni “La Paca”, aquella médium tropical que contrató la PGR en uno de los episodios más ridículos y surrealistas de la política mexicana, pudo “contactar” al desaparecido.
Ahora la historia parece reescribirse, pero con otros colores partidistas. Por ejemplo, Rubén Rocha Moya ya no es cualquier gobernador cuestionado, ahora se convirtió en pieza delicadísima de un rompecabezas que apunta hacia arriba.
Sí, este asunto está tan complicado para el primer círculo del poder que el nombre de Andrés Manuel López Obrador empieza a aparecer cada vez más cerca del radar de las investigaciones estadounidenses sobre presuntos vínculos del narcotráfico con estructuras políticas mexicanas.
AHI ESTÁ EL VERDADERO PROBLEMA
Una cosa es detener a un gobernador caído en desgracia y otra muy distinta es que ese gobernador empiece a hablar, y hablar de más. Por ejemplo, de campañas, de pactos, de financiamientos, de protección, de acuerdos silenciosos disfrazados de abrazos y no balazos.
Por eso en México, cuando alguien sabe demasiado, el sistema suele activarse como mecanismo de autodefensa desde el subconsciente de la mafia del poder.
En ese contexto, los personajes incómodos a veces aparecen convenientemente muertos, en otras ocasiones huyen y, a veces, simplemente dejan de existir administrativamente mientras el tiempo sepulta el escándalo.
Este país tiene experiencia desapareciendo personas, expedientes y memorias colectivas. En México todo queda en duda porque la impunidad se encarga de sepultar la verdad. Si no ahí están los 42 de Ayotzinapa, por mencionar otro de tantos casos.
Lo verdaderamente inquietante es el silencio, ese silencio que suele ser más escandaloso que los gritos, porque si Rocha Moya estuviera tranquilo, libre y protegido, ya habría salido a dar entrevistas, subir fotos comiendo o mandar mensajes diciendo que todo es persecución política. Pero no. Nada. No hay absolutamente nada.
Mientras tanto, Morena guarda distancia calculada. Ahora resulta que ya nadie mete las manos al fuego por el gobernador con licencia. Nadie lo defiende con entusiasmo.
Quizá Rocha reaparezca pronto y todo quede en especulación, pero también esto puede terminar convertido en otro misterio mexicano archivado entre expediente añejos, videos borrados, libretas extraviadas y testigos suicidados oportunamente.
Sassón
En México, cuando el poder siente miedo, la realidad supera cualquier serie de Netflix.

