Eugenio Hernández Sasso
En Tabasco hay una especie que florece cada vez que el gobierno anuncia una obra importante. Desde luego que no son guayacanes, tampoco macuilís, son los ecologistas de temporada quienes aparecen de la nada, se ponen una playera verde, cargan una pancarta y hablan como si fueran los únicos autorizados para defender al planeta.
Lo paradójico es que cuando terminan la marcha se suben a su camionetota de ocho cilindros, prenden el aire acondicionado a todo lo que da y se van a su casa, donde, por si fuera poco, los esperan minisplits trabajando horas extras. Así cualquiera salva al mundo.
Un automóvil promedio, por ejemplo, emite más de dos toneladas de dióxido de carbono al año, en tanto que los aires acondicionados también tienen un impacto significativo en el medio ambiente. Entonces ¿de qué hablan?
Que quede claro, esto no se trata de burlarse de quien defiende el medio ambiente, pues quien lo hace con congruencia merece todos nuestros respetos, el problema son los ambientalistas de ocasión, esos que convierten cada obra pública en su modo de vida, porque protestar también deja reflectores, entrevistas y, en algunos casos, hasta padrinos políticos.
Hay quienes viven del cuento verde y del eterno «no a todo», además, de existir la presunción de que detrás de ellos están intereses partidistas o de grupo.
Es decir, si mañana el gobierno anuncia la construcción de un puente, protestan; si construyen una avenida, protestan; si reparan una banqueta, seguro también encontrarán un pretexto por la cual protestar. Así ha sucedido en ocasiones anteriores.
Por supuesto que el gobierno debe transparentar estudios, informar los impactos ambientales y escuchar a la ciudadanía, pero una cosa es pedir cuentas y otra querer congelar a Villahermosa en una fotografía de hace cuarenta años, como si el tráfico, los embotellamientos y el caos vial fueran patrimonio cultural.
Otra incongruencia en estas protestas es que mientras unos gritan que no se toque un solo árbol y se busque impedir obras, miles de automovilistas queman litros y litros de gasolina atrapados en los cuellos de botella de Paseo Tabasco.
Esa contaminación parece no incomodar a los guardianes tabasqueños del planeta. Ahí sí hacen como que la virgen les habla porque también son parte del problema. Como ecologistas serios deberían saber que mientras más fluidez hay en el tráfico, menos emisiones de CO2 existen.
El proyecto Villahermosa 2030 pretende modernizar la movilidad, construir pasos a desnivel, levantar un nuevo puente sobre el río Carrizal, incorporar autobuses híbridos y preparar a la capital para el crecimiento de las próximas décadas.
Esta no es una obra para la foto, es una apuesta para que la ciudad deje de caminar con el freno de mano puesto y se eliminen los embotellamientos vehiculares que se hacen en Paseo Tabasco y Malecón, así como en la intersección con Ruiz Cortines.
El gobernador Javier May Rodríguez ha asegurado que no habrá tala indiscriminada y que únicamente se sustituirán árboles que representen un riesgo. Eso también es importante porque cuando caen pueden generar pérdidas que van más allá de lo material.
Desde luego que esos colectivos interesados en toda la información que pidieron el sábado pasado están en su derecho de exigir al mandatario que cumpla. Para eso sirve una ciudadanía vigilante, no una que convierta el escándalo en su modo de vida.
Seamos sinceros, en este país abundan los que cuidan más un árbol cuando hay cámaras que cuando tiran basura por la ventana del coche o sacan sus bolsas de desperdicios cuando no pasa el recolector y la dejan en la calle.
Estos son los mismos que organizan marchas contra el cambio climático, pero no pueden pasar un día sin recorrer dos cuadras en automóvil. Es más, hablan de sustentabilidad mientras dejan prendidos los aires acondicionados aunque no haya nadie en casa para que cuando lleguen esté fresco.
Tabasco necesita desarrollo con responsabilidad ambiental, no parálisis disfrazada de activismo, y, por supuesto, también requiere menos ecologistas de membrete y más ciudadanos congruentes.
Defender la naturaleza no consiste en hacer ruido cada vez que hay una obra, sino en predicar con el ejemplo. Lo demás, como decían las abuelas, es puro jarabe de pico.
Sassón
Habría que checar si alguno de esos ecologistas no es de los que han rellenado la Laguna de las Ilusiones o tienen conectadas sus descargas de aguas negras a ese manto de agua.

