✍️ Eugenio Hernández Sasso
Hay invasiones que llegan con tanques, otras con discursos o agentes de la DEA en estados gobernados por el PAN y algunas más con promociones a 24 o 60 meses sin intereses.
La de los chinos, al menos en México, parece venir acompañada de pantallas táctiles, focos LED, termos de colores, cargadores para celular y camionetas que parecen naves espaciales.
Hace apenas unos años, ver una agencia de autos chinos en México era una rareza, pero hoy, en cambio, resulta más extraño no encontrarse una.
Lo mismo pasa con las famosas tiendas de “chacharitas” orientales que han brotado por todo el país con una velocidad que envidia cualquier programa gubernamental de desarrollo económico.
Desde 2020, México ha sido testigo de una expansión comercial pocas veces vista con marcas automotrices como MG, BYD, Chirey, Omoda, Jaecoo, JAC, Geely, GWM y BAIC, entre otras que han llegado con la estrategia sencilla pero efectiva de ofrecer más por menos dinero.
La verdad sea dicha, al consumidor mexicano le gusta sentir que hizo un buen negocio. Con eso se siente más que satisfecho, aunque luego se dé cuenta que compró un producto desechable o chiquitito como los de Temu.
Mientras algunas marcas tradicionales venden vehículos básicos con equipamiento limitado, los fabricantes chinos llegan con pantallas gigantes, cámaras de 360 grados, quemacocos, asistentes de manejo y diseños futuristas que hacen parecer antiguos a muchos de sus competidores.
El joven que hace diez años soñaba con un automóvil japonés o estadounidense, ahora se toma una selfie junto a una camioneta china que parece salida de una película de ciencia ficción.
La competencia ya no es solamente por el precio, sino por la percepción de modernidad. En un país consumista, donde la tecnología vende más que la durabilidad, el reto para las marcas históricas se ha vuelto enorme.
Sin embargo, no todo lo que brilla en la pantalla táctil es oro. La gran piedra en el zapato sigue siendo la disponibilidad de refacciones.
Una cosa es comprar el vehículo y otra muy distinta repararlo cuando ocurre el inevitable choque contra la motocicleta que apareció de la nada o el taxista que juró que el alto era opcional, o simplemente darle mantenimiento.
Las aseguradoras conocen bien el problema. Éstas pueden autorizar la reparación, pagar los daños y hasta ofrecer apoyo al cliente, pero si la pieza tiene que viajar en barco desde el otro extremo del planeta antes de llegar al taller, el asunto se les escapa de las manos y vienen los reclamos de clientes frustrados.
Hay propietarios que descubren demasiado tarde que una defensa, una salpicadera, la rótula o un componente electrónico puede tardar semanas o incluso meses en aparecer, y mientras tanto, el flamante vehículo tecnológico permanece estacionado acumulando polvo.
Luego viene otro detalle incómodo con la reventa. Comprar un automóvil chino nuevo es relativamente sencillo, lo complicado es venderlo después de varios años de uso, porque el comprador mexicano se pregunta “¿y si se descompone dónde consigo las piezas?”.
Cuando aparece esa duda, el valor del vehículo comienza a bajar más rápido que las promesas de campaña de un político después de la elección.
Ahora bien, si los autos representan un fenómeno interesante, las tiendas de productos chinos merecen un capítulo aparte porque ya forman parte del paisaje urbano nacional. De estas hay una en cada colonia, otra en la siguiente avenida y una más a dos cuadras de distancia.
¿Qué venden? De todo. Desde juguetes que sobreviven exactamente tres días hasta herramientas que parecen fabricadas para una sola ocasión.
El secreto es ofrecer productos funcionales, baratos y accesibles para familias cuyos ingresos no alcanzan para comprar artículos de marcas reconocidas. No venden calidad, venden precio e ilusión.
El problema es que miles de pequeños comerciantes mexicanos observan con preocupación cómo sus negocios pierden clientes.
Hay papelerías, ferreterías, tiendas de regalos y comercios familiares que enfrentan una competencia feroz.
Como esto parece difícil de superar, la verdadera discusión no debería centrarse en si llegan más productos chinos, sino en qué está haciendo México para competir.
¿Logrará ganar la partida con sembrando vida y con Jóvenes “destruyendo” el futuro? O será que de plano hay que cambiar la estrategia para hacer productiva a la gente.
Estamos en la antesala de despertar un día y descubrir que el auto estacionado afuera es chino, los focos de la casa son chinos, la licuadora es china, el celular es chino el muñeco en el tablero es chino y hasta la tilapia fue importada de China.
Sassón
¿México está siendo conquistado o invadido por China a través del comercio? Es pregunta seria. Pensaré en “rasgarme” los ojos para ver la realidad.

