✍️ Eugenio Hernández Sasso
La fotografía electoral que perfila Morena rumbo a 2027 no es solo una tendencia, representa la antesala de una reconfiguración profunda del sistema político mexicano, dado que si el partido guinda logra controlar el 70 por ciento de las alcaldías en disputa no estaríamos ante una victoria ordinaria, sino frente a la consolidación de un poder territorial casi hegemónico.
Los números son elocuentes en sondeos de opinión, toda vez que otorgan el 69.9 por ciento a Morena, el PAN se ubica en 19.6 puntos porcentuales, mientras PRI y Movimiento Ciudadano empatan con 4.3 y, el Partido Verde Ecologista de México apenas alcanza 2.2 por ciento. Esto no es una brecha, constituye un abismo entre el partido gobernante y sus adversarios.
El control municipal define la musculatura política. Desde ahí se movilizan estructuras, se administran recursos, se construyen lealtades y se proyectan candidaturas estatales y federales. Si Morena domina siete de cada diez alcaldías, la oposición perdería su principal plataforma operativa y quedaría reducida a territorios aislados.
La proyección incluye arrebatar bastiones tradicionales opositores como Chihuahua y Nuevo León, con ventajas arrolladoras. La resistencia panista se concentraría en municipios específicos, no en regiones completas, lo que debilitaría su capacidad de competir a escala estatal.
La fragmentación opositora es hoy el principal activo de Morena. Las simulaciones muestran que solo alianzas, especialmente entre PAN-MC, pueden equilibrar la contienda en estados estratégicos, puesto que donde se suman, la competencia reaparece; donde compiten separados, la derrota es prácticamente automática.
Sin embargo, el dilema es ideológico y estratégico, pues unirse implica ceder, inclusive, liderazgos y agenda. Ir solos significa aceptar la irrelevancia electoral en amplias zonas del país. Sería un salto al precipicio.
Asimismo, el retroceso legislativo reciente de la oposición anticipa lo que podría ocurrir a nivel territorial. Si las tendencias se mantienen, no se trataría únicamente de perder elecciones, sino de quedar fuera de la capacidad real de decisión pública.
México ha experimentado la hegemonía antes, pero no con una base municipal tan extensa como la que pronostica Morena, la diferencia es que hoy el dominio territorial se traduce directamente a estructura electoral permanente.
Paradójicamente, el mayor riesgo para el partido gobernante no está en la oposición, sino en sus disputas internas. La definición de candidaturas ya genera tensiones, acusaciones y fracturas locales. Si esas pugnas escalan, podrían fragmentar el voto o debilitar la cohesión territorial.
La historia política mexicana nos precisa que los partidos dominantes no caen por la fuerza externa, sino por la implosión interna. El caso más específico es el del PRI que, en contraparte, está a punto de desaparecer por los conflictos hacia su interior que nunca logró superar.
VILLAHERMOSA COMO MUESTRA
En ese tablero nacional, los procesos locales anticipan dinámicas mayores. En el municipio de Centro, por ejemplo, el posicionamiento de Jorge Orlando Bracamonte Hernández, con más del 48 por ciento de preferencia interna, muestra que la disputa real ocurre dentro del propio movimiento.
Esto indica que la batalla ya no es solo contra adversarios, sino entre aspirantes del mismo bloque político. Por eso es que quienes aventajan, como Bracamonte, se vuelven víctimas de golpeteos mediáticos emanado de sus mismos “compañeros” que buscan disminuir su liderazgo.
Tanto dirigentes como grupos de poder hacia el interior del partido gobernante deberán ponerse de acuerdo para tomar las mejores decisiones en la selección de sus candidatos para enfrentar los comicios de 2007, a efecto de no disminuir la fuerza que ahora patentiza.
Si Morena consolida el 70 por ciento de las alcaldías y mantiene ventaja en gubernaturas y municipios estratégicos, como parece que va a suceder, México entraría en una fase de predominio territorial sostenido.
Sin embargo, esto no sería necesariamente un régimen de partido único, pero sí un sistema donde la competencia dependerá más de fracturas internas del partido dominante que de la fuerza de la disminuida oposición.
Sassón
La pregunta ya no es si Morena puede ganar 2027. La pregunta es si alguien tendrá la capacidad estructural de disputarle el país en 2030.

