✍️ Eugenio Hernández Sasso
Marx Arriaga Navarro encarnó, durante su paso por la estructura educativa federal, un estilo de poder basado en la imposición, la intolerancia y la idea de permanencia eterna.
El responsle de la «Nueva Escuela Mexicana» se asumió como pieza indispensable, como si la administración pública fuera patrimonio personal y no un encargo temporal sujeto a resultados, evaluación y reemplazo.
Su comportamiento dentro de la Secretaría de Educación no solo fue cuestionado por sus decisiones, sino por la manera de ejercer la autoridad mediante trato áspero, descalificaciones internas y una actitud de superioridad que terminó por aislarlo incluso de su propio entorno laboral. La soberbia en la administración pública suele ser el principio del final.
El episodio de su salida, marcado por la negativa a abandonar oficinas y la apelación a su cercanía con el obradorismo como argumento de legitimidad, dejó en evidencia, como una confusión peligrosa, creer que la afinidad ideológica sustituye la institucionalidad.
A Marx Arriaga se le olvidó que ningún cargo es vitalicio, y menos cuando la permanencia se sostiene más en lealtades que en resultados.
A ello se suma como herencia más polémica de su gestión los libros de texto cuestionados por especialistas, académicos y docentes por su carga ideológica y por inconsistencias pedagógicas.
En ese sentido, la crítica no provino de adversarios políticos, sino de profesionales de la educación que conocen la diversidad cultural del país y la complejidad real del aula. Ignorar esas voces fue, en sí mismo, un acto de soberbia técnica.
Su narrativa, en la que advierte intentos de privatización y convoca a resistencias, parece más un intento de prolongar influencia que una defensa seria del sistema educativo. El discurso del asedio permanente suele ser el refugio de quienes ya no tienen espacio en la toma de decisiones.
La actual conducción del país ha dejado claro que ese tipo de conductas no tienen cabida. La presidenta Claudia Sheinbaum ha marcado distancia de los protagonismos personales y de los estilos autoritarios que confunden militancia con institucionalidad. Eso debió tenerlo bien claro el ex funcionario.
En un gobierno encabezado por una mujer con sólida formación académica y una visión humanista de alto nivel, la improvisación y la prepotencia resultan incompatibles con la responsabilidad pública.
La paciencia política tiene límites. Cuando se agota, incluso quienes se creían intocables descubren que el poder es prestado y condicionado al servicio, no al capricho.
El problema no es solo un funcionario que se resiste a irse, es la cultura política que permite que alguien se crea indispensable. La educación pública no puede ser rehén de egos ni de cruzadas personales, requiere método, diálogo, evidencia y humildad.
El cierre de este capítulo deja como lección simple y contundente que quien se aferra al cargo termina exhibiendo su incapacidad para entender que la función pública no es un privilegio, sino una responsabilidad que se ejerce y, llegado el momento, se entrega. Ni más, ni menos.
Sassón
A propósito del amor que la mayoría festejó este fin de semana, es necesario saber que primero debemos amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás.

