✍️ Eugenio Hernández Sasso
La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, marca un punto de inflexión para México. No se trata únicamente de la caída del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), sino de un acontecimiento que reconfigura la seguridad nacional, la relación bilateral con Estados Unidos y el equilibrio interno del crimen organizado.
La operación que culminó con su abatimiento, planeada con trabajos del Centro Nacional de Inteligencia y de la Fiscalía General de la República (FEMDO), con intervención de aeronaves de la Fuerza Aérea y la Fuerza Especial de Reacción Inmediata de la Guardia Nacional en Tapalpa, Jalisco, fue presentada como un golpe estratégico de alta precisión por el gobierno mexicano.
Sin embargo, el hecho de que inicialmente se informara su detención con vida y posteriormente se comunicara su muerte durante el traslado a la Ciudad de México ha levantado suspicacias inevitables. En un país donde la desconfianza institucional persiste, la narrativa oficial enfrenta el desafío de sostener credibilidad.
El impacto inmediato ha sido visible, dado que se registraron bloqueos, incendios y enfrentamientos en por lo menos 14 entidades. Jalisco, incluidas zonas como Puerto Vallarta, Chapala y Guadalajara, encabeza la lista, pero la violencia terrorista se ha extendido también a Michoacán, Colima, Guerrero, Aguascalientes, Guanajuato, Nayarit, Zacatecas, Tamaulipas, Oaxaca, Veracruz, Puebla, Estado de México y Baja California.
La reacción confirma la capacidad de movilización territorial del CJNG y anticipa una fase de tensión cuyo desenlace dependerá de la capacidad operativa y de coordinación entre fuerzas federales y estatales. La presidenta Claudia Sheinbaum reconoció a las fuerzas de seguridad por esta acción.
En el plano internacional, la respuesta fue inmediata. Christopher Landau, subsecretario de Estado de Estados Unidos, felicitó a las fuerzas mexicanas y calificó a Oseguera como “uno de los capos más sanguinarios y despiadados”.
Reconoció, no obstante, su preocupación por la ola de violencia subsecuente y advirtió que la reacción criminal no era sorpresiva, seguramente porque desde Washington ya se había anticipado al CJNG como organización terrorista, acusado de tráfico de cocaína, heroína, metanfetamina y fentanilo.
Este posicionamiento refuerza la presión bilateral en materia de seguridad y combate al narcotráfico, y podría incidir en nuevas formas de cooperación, o tensión, entre ambos países. No sabemos lo que pueda pasar en los siguientes días.
La muerte de “El Mencho” también reabre un debate incómodo, el de las presuntas relaciones entre actores políticos y estructuras criminales.
Si el líder fue detenido con vida, su testimonio habría tenido implicaciones de alto alcance. Su fallecimiento, en cambio, deja interrogantes que difícilmente podrán resolverse con plenitud judicial.
En ese sentido, más allá de la eficacia táctica, el Estado enfrenta el reto de demostrar que la operación no clausura líneas de investigación relevantes para la rendición de cuentas.
El antecedente del 20 de junio de 2020, cuando el CJNG ordenó el atentado contra Omar García Harfuch en la Ciudad de México, ilustra la dimensión del desafío. La organización no ha dudado en confrontar directamente al Estado, incluso en el corazón político del país.
Hoy, el escenario es incierto. La caída del líder centralizado puede provocar fragmentación interna y disputas sucesorias, o bien consolidar un relevo previamente pactado. En ambos casos, el riesgo inmediato es de violencia reactiva destinada a demostrar fuerza y cohesión.
Más allá de la narrativa de victoria, la prueba decisiva será la contención de la violencia y el fortalecimiento institucional en los territorios afectados.
También corresponde a la sociedad una reflexión profunda, pues la normalización del apoyo o la tolerancia hacia estructuras criminales termina por volverse contra las propias comunidades cuando el control se fractura.
La muerte de “El Mencho” no puede considerarse el final de un problema estructural que creció con abrazos en el sexenio anterior, es, en todo caso, el inicio de una etapa en la que se medirá la capacidad del Estado mexicano para transformar un golpe táctico en una oportunidad estratégica de pacificación duradera.
Sassón
“Haiga sido como haiga sido”, diría el clásico, El Mencho se llevó muchos secretos a la tumba. Complicidades importantes ya están sepultadas, seguramente.

