✍️ Eugenio Hernández Sasso
El 27 de febrero, para ser exactos, Alejandro Moreno Cárdenas lanzó un reto directo a la dirigente de Morena, Luisa María Alcalde, y se entiende que no solo estaba respondiendo a una disputa mediática por las posiciones plurinominales en el Congreso de la Unión sino en realidad estaba marcando territorio rumbo a la sucesión presidencial de 2030.
“Claro que voy a competir y claro que les vamos a ganar”, dijo Moreno Cárdenas. La frase no fue un arrebato, fue una declaración de intención política.
En otras palabras, Alito se está colocando desde ahora en la antesala de la próxima contienda presidencial, aun cuando faltan cuatro años para que el calendario electoral marque los tiempos formales.
Moreno Cárdenas busca consolidar su liderazgo dentro del PRI y proyectarse como el principal rostro de la oposición partidista tradicional, de eso no cabe duda.
En un escenario donde el partido arrastra derrotas y una profunda crisis de identidad, levantar la mano para 2030 también es una forma de mantener cohesionado a un aparato político que durante décadas fue dominante.
De igual manera, el líder nacional del PRI entiende que, si la oposición pretende competir seriamente contra Morena, no puede hacerlo fragmentada, tiene que unirse en un gran frente.
Por ello lanzó un llamado directo a construir una alianza con el Partido Acción Nacional y con Movimiento Ciudadano, pero la respuesta de ambos institutos políticos fue negativa.
Su argumento gira en torno a diez razones que buscan justificar la necesidad de una coalición amplia, desde la advertencia de un supuesto retroceso democrático hasta la idea de que la división solo fortalece al partido en el poder.
En esencia, el dirigente priista plantea que la única forma de equilibrar el poder político es mediante un frente opositor capaz de competir electoralmente con mayor fuerza.
Este no es un planteamiento nuevo, dado que la experiencia de la alianza opositora en elecciones recientes mostró que, aun con sus limitaciones, la suma de votos puede convertir a la oposición en un actor competitivo.
Sin embargo, también dejó claro que los acuerdos entre partidos con historias, agendas e intereses distintos suelen ser frágiles y muy difíciles de alcanzar.
Ahí aparece el principal obstáculo para el proyecto de Alejandro Moreno Cárdenas, toda vez que tanto el PAN como Movimiento Ciudadano han mostrado reservas frente a la posibilidad de reeditar una alianza bajo los términos del PRI.
En particular, Movimiento Ciudadano ha insistido en mantener una ruta independiente, apostando a construir una alternativa distinta al viejo esquema de coaliciones, pues cree que solo ha crecido mucho más que con alianzas.
Por ello, aunque el discurso de unidad puede sonar atractivo en el terreno retórico, en la práctica la oposición sigue atrapada en sus propios cálculos políticos y no asume la posibilidad de sumarse entre sí.
Cada partido analiza sus propias posibilidades de crecimiento y teme diluir su identidad en una alianza que podría beneficiar a otros. De esa manera están prácticamente desapareciendo.
Algunos analistas recuerdan experiencias históricas como el Frente Democrático Nacional de 1988, el cual logró articular a diversas fuerzas políticas bajo una sola bandera e impulsar a Cuauhtémoc Cárdenas como candidato presidencial.
Replicar ese modelo en el México actual requeriría algo escaso en la política contemporánea como la voluntad real para ceder espacios y anteponer un proyecto común sobre las ambiciones personales.
Por ahora, lo único claro es que Alejandro Moreno ya empezó a mover sus piezas rumbo a 2030 y habría que ver si alguien más en la oposición está dispuesto a jugar la misma partida.
Sassón
Si se une la oposición podría darle un susto a Morena en 2027 y estaría ante un escenario distinto para 2030, pero de forma independiente algunos partidos parece que están condenados a desaparecer.

