✍️ Eugenio Hernández Sasso
Era cuestión de tiempo. En política, cuando el ruido supera al silencio institucional, alguien tiene que moverse, aunque lo haga sin admitir por qué.
La renuncia de Adán Augusto López Hernández a la coordinación de Morena y a la presidencia de la Junta de Coordinación Política (Jucopo) en el Senado de la República, no sorprendió a nadie que lleve meses leyendo entre líneas, ni a quien haya seguido los murmullos que ya gritaban en voz alta.
Desde el año pasado, el nombre de Adán Augusto dejó de aparecer únicamente en la crónica del poder para instalarse en el terreno pantanoso de las sospechas.
Así, pues, el señalamiento de Hernán Bermúdez como presunto líder de La Barredora abrió una grieta que nunca terminó de cerrarse y, cuando la grieta no se sella, se administra o, en su defecto, se sacrifica a alguien para que no se derrumbe el edificio.
A López Hernández se le atribuyó, con ligereza para algunos y con malicia para otros, un poder que rebasaba la lógica institucional.
Adán no era sólo el exsecretario de Gobernación ni el senador influyente, era “el hermano”, el operador mayor, el hombre que podía sugerir, corregir o incluso imponer decisiones por encima de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Adán Augusto López se convirtió en un poder tras el trono que, como suele ocurrir, no aparecía en los organigramas, pero sí en los pasillos donde funcionarios de primer nivel se le «cuadraban», según se rumora.
No pocos aseguraban que ese peso específico explicaba por qué, en más de una ocasión, la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, y el titular de Seguridad, Omar García Harfuch, parecían más interlocutores que contrapesos.
Reuniones, acuerdos, fotografías y silencios compartidos en el Antiguo Palacio de Cobián alimentaron la narrativa de que ahí se decidía más de lo que se informaba y el todopoderoso era el hoy senador incómodo.
En ese contexto, el análisis difundido el mismo domingo 1 de febrero por Pedro Gutiérrez Gutiérrez, delegado del CEN del PRI en Tabasco, vino a traducir en palabras lo que ya circulaba como rumor político.
Sus acusaciones en redes sociales son graves, directas y explosivas, dado que señala a Adán Augusto como el principal operador de Andrés Manuel López Obrador con grupos criminales, primero desde Tabasco y después desde la Secretaría de Gobernación.
En su inventario titulado «Cayó el capo», Gutiérrez señala que la ex corcholata presidencial fue el enlace para el presunto financiamiento ilícito de campañas y para el control territorial que sostuvo la hegemonía de Morena.
Estos son señalamientos que, más allá de su origen partidista, no han recibido una respuesta proporcional a su gravedad y, el silencio, rara vez es inocente, pues admite lo que parece evidente.
Existe la presunción de presiones internas y externas, pero el argumento oficial de su salida de la Jucopo pone en evidencia muchas cosas, una de ellas es que, si va a operar electoralmente, podría confirmarse entonces lo que señala Pedro Gutiérrez en su análisis.
La segunda hipótesis tiene que ver con el descalabro de Andy López Beltrán en las elecciones de Durango y Veracruz, así como la escasa participación en los comicios judiciales.
Esto llevó a la presidenta Claudia Sheinbaum a desechar por incapaz al hijo del ex presidente y recurrir al presunto aliado de la estructura criminal que tacha las boletas con sangre, pero, según se ha visto, garantiza el triunfo electoral y, en 2027, no sería la excepción.
La versión oficial de la renuncia de Adán es pulcra, casi ejemplar, toda vez que argumenta una reconfiguración interna con enfoque en la operación política en la cuarta circunscripción como preparación rumbo a los comicios del próximo año.
Lo cierto es que en nuestro país nadie cae, sólo se mueven de lugar, sobre todo cuando existe la bien organizada estrategia política para suministrar al pueblo el atole de la defensa a la soberanía, esa presunta autonomía que ha sido invadida por los abrazos a quienes han bañado de sangre y vestido de luto al territorio nacional.
Adán Augusto, por supuesto, seguirá siendo senador, participará en las sesiones, levantará la mano, hará uso de la palabra. Formalmente, nada ha pasado. Políticamente, casi todo. Su salida no es una derrota abierta, pero tampoco una victoria estratégica. Es, más bien, la aceptación tácita de que su presencia estorbaba más de lo que ayudaba.
Quien fue símbolo de control y operador de consensos termina dejando el cargo para “operar políticamente” fuera del reflector, de general a soldado raso. El poder que presume disciplina partidista necesita, de vez en cuando, sacrificar a sus figuras más incómodas para conservar la narrativa de estabilidad.
Sassón
La pregunta no es ¿por qué se fue? La verdadera interrogante es ¿cuánto tiempo tardará en saberse por qué, en realidad, tuvo que irse y cuál será finalmente su destino?

